Indiados

Impresiones tras nuestro primer viaje a la India, en julio de 2006

lunes, agosto 28, 2006

Comienza el viaje

Día uno de julio, y a las cinco de la mañana Barajas ya es un caos. Nuestro vuelo aparece y desaparece de las pantallas, indicando cada vez una puerta de embarque distinta. No hay personal de tierra, y las oficinas de información aún están vacías. Nervios y carreras en un estado de semiinconsciencia, y algo más de una hora de retraso en despegar, justo el tiempo que tendríamos para hacer el trasbordo en Zurich, por lo que tememos perder el enlace. Conversamos sobre ello con grupo de tres indios, que en un principio nos toman por parte de la delegación diplomática (¡con la pinta que llevamos!) de Zapatero, que viajaba también ese día a la India, y quienes, sin perder un ápice de serenidad ni de sonrisa, nos dicen “¡oh, ya es seguro que no cogeremos el siguiente avión!”. Esta misma actitud de indolente reconciliación con lo que haya de venir, tan incomprensible para nosotros, la encontraremos muchas veces a lo largo del viaje. En el avión también viene –en clase turista- el tal Ruphert (¡te necesito!), como un estrafalario alienígena recién salidito del bote de formol.

El trayecto de Madrid a Zurich resultó muy hermoso gracias a la limpia mañana sobre los Alpes: una sucesión inabarcable de cumbres titánicas, oscuras y erizadas, blandas colinas nevadas, sinuosos glaciares como serpientes míticas y lagos opalinos.

Gracias a los tres “gentlemen” indios de Barajas, quienes nos cuelan por el control “bussiness class”, conseguimos no perder el siguiente vuelo. Sentados en la última fila del enorme avión, somos ya tres extraños entre una pequeña multitud de caras morenas, brillantes saris, apretados turbantes sikhs, niños que corretean descalzos por los pasillos. Pese a la adrenalina descargada, conseguimos descabezar algún rato de sueño acunados por la idea de estar recorriendo, apenas unos miles de metros por encima, una sucesión de países extraños, la antigua Ruta de la Seda, que durante tantos siglos llevó Occidente hasta Oriente, y viceversa, y que ahora nos lleva a nosotros.

Nunca fuimos tan lejos, no sólo en distancia física, y presentimos que, para aprender la India, tendremos que olvidarnos de lo aprendido hasta entonces. Sin saber si seremos capaces, nos prometemos, al menos, ir con los ojos bien abiertos, hacia afuera y hacia adentro, y cultivar la capacidad de sorprendernos, que es el verdadero tesoro del viajero.

Finalmente, llegamos a Delhi, y, por si fuera poco, llegaron también nuestras maletas. El primer impacto llegó nada más salir por la puerta del avión: 35 ºC a las diez de la noche, con sensación térmica de bastantes grados más, y un aire quieto, espeso, saturado de humedad, que parece oprimirte los pulmones. Ruth, en la escalerilla, creyó que era el aire caliente de las turbinas de los motores... pero no. Pasamos el tedioso control de pasaportes, y saboreamos por primera vez uno de los ingrediente más indigestos de la indiosincrasia: a los escasos especímenes que trabajan tras un mostrador (ya sea en una aduana, en un banco, o en la recepción de un hotel), les encanta aparentar que tienen todo controlado, en un país fuera de control, en el país del sálvese quien pueda, en el que la administración es invisible, lo que se materializa en enrevesados formularios que inevitablemente te ves obligado a rellenar, aunque sea con el curriculum vitae del pato Donald, eso da igual.

La sensación de salir por la puerta del aeropuerto es sobrecogedora, con cientos –muchos cientos- de ojos oscuros escrutándonos, mientras buscamos y finalmente encontramos, como una tabla de naúfrago, un cartel con nuestro nombre que sostiene Rana, nuestro conductor (y algo más) durante los próximos 23 días.

Pero lo que más marcó, sin duda, la llegada, fue el trayecto desde el aeropuerto al hotel. Nos sumergimos en el tráfico nocturno de Delhi como en un feroz campo de batalla, sin reglas (al menos, ninguna regla inteligible para nosotros, salvo conducir, no siempre, por la izquierda, como los ingleses, para más inri). Personas cruzando hacia cualquier parte y desde cualquier parte. Apenas alumbrado. Vacas, vivas o muertas, en mitad de la autopista, inmutables. Algún semáforo que sirve para lo mismo que los intermitentes (es decir, para nada). Camiones multicolores que se precipitan, da igual si es en dirección contraria, como elefantes desbocados. Repletos ricksaws como verdes moscas zumbonas. Y gente, mucha gente: tirados encima de los coches, o en el suelo, o en mitad de una estrechísima mediana. Hombres cubiertos apenas con un taparrabos, mujeres envueltas con una tela mugrienta. No se mueven, y no sabes si están vivos o muertos.

Llegamos a nuestro destino de esa noche, Waku-ka-Tilla, la colonia fundada por los refugiados tibetanos tras la invasión china, donde teníamos reservado nuestro único hotel en todo el viaje, que según las guías de viaje (muy pronto aprendimos a confiar lo justo en ellas) era un lugar tranquilo y seguro, pero que nos parece tan siniestro como todo a esas horas. Nos saluda en la recepción la efigie de “His Holyness the Kundum Dalai Lama”. En la habitación, conversamos sobre la impresión de la llegada; para nosotros ha supuesto encontrarnos, por primera vez en nuestra vida, cara a cara con la miseria, con todas sus letras. Dormimos con un sueño plano, martilleados por el aire acondicionado, que apenas sirve para bajar la temperatura unos pocos grados, pero que suena como si dentro estuviera pedaleando un mono cabreado.

3 Comments:

Anonymous rosita said...

Creo que después de leerlo apuntaré en mi "lista de lugares que he de visitar cuando pueda" a la India.

agosto 28, 2006  
Anonymous Anónimo said...

¿Vuestro conductor? ¿Cómo contactásteis con él?

marzo 22, 2008  
Blogger vicen said...

Que maravilla de reportaje,yo támbien lo voy apuntar...besinos

agosto 12, 2008  

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