Indiados

Impresiones tras nuestro primer viaje a la India, en julio de 2006

sábado, febrero 10, 2007

Imágenes: nosotros

Carmen y Ruth, reflejadas en un estanque frente al Taj Mahal de Agra




En el parque nacional de Kheoladeo Ghana


Carlos, a 50ºC, ante la puerta de la Jama Masjid de Fatehpur Sikri, la más grande de toda Asia


"Ommm..." Al amanecer, en los templos jain de Lodruva, cerca de Jaisalmer





Carmen en el templo jain de Adinath, en Ranakpur



Rana, Carlos y Carmen bañándose en las (frías) aguas del Ganges a su paso por Haridwar. No por ganar el jubileo: es que hacía un calor de justicia.




Carlos, en el atrio de uno de los templos jain dentro del fuerte de Jaisalmer






Ruth, en el fuerte de Jaisalmer





Dos "maharanis" en una haveli de Mandawa






Carlos, asomado a la jungla desde el templo jain de Adinath, en Ranakpur






































































































domingo, febrero 04, 2007

Homenaje a la India

Hace un par de semanas, por mi treinta cumpleaños, me regalaron un libro fabuloso: "Homenaje a la India" (ed. Lunwerg, 2006). Se compone esencialmente de las fotografías de Olivier Fölmi, un alemán que pasó veinte años viviendo la India; todas son espléndidas, y cada una de ellas, por sí misma, transmite mucho más de todo lo que nosotros lleguemos a escribir nunca en este blog: La imagen es sensual, traspasa tu retina y se clava en tu corazón sin pasar por la cabeza, no se puede explicar por nunca por completo... igual que la India misma. Esta certeza fue la primera que sentí al ojear el libro... y no es que resultara especialmente alentadora para retomar la escritura del blog, después de casi tres meses de abandono.
Sin embargo, una frase en el prólogo de ese libro, tan emocionante como las fotografías, me ha obligado a volver a "enfrentarme" a aquel viaje: "es más práctico olvidar la India que tratar de comprenderla". Yo sé que no voy a comprenderla nunca, pero tampoco quiero olvidarla.
Por eso, renuevo hoy el propósito de ofreceros, y ofrecerme, lo que de ese viaje queda en mí.
No me resisto a copiaros el texto del que os hablaba. Aunque puede parecer largo, os pido que lo leais: es espléndido, magnético... ¡me reconozco tanto en él!
Lunes, 8,45 horas. Un día de verano en Nueva Delhi.

El aire vibra como un horno. Ataca. Absorbe la energía de sus víctimas, dejándolas exhaustas, agotadas. Para combatir el intenso calor de mayo, hay que ser un guerrero.

Mi rickshaw se detiene en el semáforo de Defence Colony. A mi izquierda, a pie de calle, se alza un pequeño templo moderno con el aspecto de una deliciosa tarta rosa. Enfrente, una vaca deambula por la acera. Un hombre sale del templo, hablando acaloradamente por un teléfono móvil. Transpira a borbotones. Enormes gotas de sudor le resbalan por la frente; se deslizan por su nariz, hasta caerle sobre el pecho; dede el lóbulo de las orejas hasta el cuello de la camisa, y desde las puntas de los dedos hasta el suelo.

Ve la vaca. Parece ignorarla. Sin dejar de hablar, introduce la mano en el bolsillo, saca un pastelillo y se lo ofrece al animal. Mientras este lo va masticando, el hombre le rasca el cuello, justo allí done a las vacas más les gusta que les rasquen. Tras engullirlo, levanta la cabeza para disfrutar el máximo de las caricias del hombre. Después, este reemprende su camino, mientras la vaca sigue deambulando lentamente por la acera.

Una escena de lo más natural para un indio; una escena inimaginable para un occidenta. La India es desconcertante. El país que registra el crecimiento más importante en compras de teléfonos móviles, también alberga el cuarenta por ciento de la fauna mundial. A la vez, sus más de mil millones de habitantes lo convierten en el país más densamente poblado de la tierra. La mayor democracia del mundo también es el país más religioso del mundo. La India es asombrosa.

¿Cómo interpretar este país? ¿Qué india debemos observar? ¿La India contemporánea, la India tradicional o la India eterna? ¿Podemos hablar de una sola India? ¿O tal deberíamos referirnos a ella en plural... las Indias’ Veintinueve estados, dieciocho lenguas oficiales, miles de dialectos, multitud de religiones, seis mil periódicos diarios. La India es fascinante.
El problema no estriba únicamente en cómo interpretar este país, sino en cómo ver el resto del mundo tras haber visto la India. No es un lugar que uno pueda visitar, contemplar, analizar, apreciar, juzgar y después olvidar. La India no se ve, se vive. La India te confronta con su humanidad. Te obliga a contemplar la naturaleza humana en toda su vergüenza y magnificencia, a amarla y odiarla al mismo tiempo, a aceptarla tal y como es. La India es como un virus: se apodera de tu cuerpo y te transforma. Ya no eres tú quien visita la India; es ella quien te visita a ti.

Ante esta perspectiva, más de un visitante la ignora, prefiriendo censurar su cuerpo y alma antes que correr el riesgo de cuestionar su propia visión del mundo. Resulta más fácil olvidar a este hombre hablando por el móvil y acariciando la vaca; fingir que ninguno de ellos existe, salvo en la imaginación. Es más sencillo creer que, tarde o temprano, un país tan caótico como este terminará por destruirse a sí mismo, ahogándose en sus propias contradicciones. Es más práctico olvidar la India que tratar de comprenderla. Y es que, en última instancia, ¿cómo aceptar que las vacas también tengan derecho a pasear tranquilamente por las calles de cualquier ciudad? ¿Cómo considerar normal que un hombre provisto de un móvil comparta con ellas lo que él mismo acaba de tomar a modo de bendición en el templo? Desde el momento en que aceptamos que todo ello forma parte de la realidad, cualquier cosa es posible.

Sin embargo, con independencia de que hayamos nacido en la India o no, la cuestión de cómo concebirla, cómo comprenderla, sigue siendo la misma. Uno de nuestros antiguos proverbios reza así: “Para conocer la India, hay que tener tres vidas”. Una espléndida metáfora para explicar que, en este país, nada es exactamente como parece.

Estar en la India supone verse asaltado por sensaciones, olores, colores, emociones, preguntas; esforzarse por encontrar respuestas; hacer frente a tus propios deseos y a tus temores más íntimos. Estar en la India significa ser cegados por el sol y ensordecidos por la lluvia. Estar en la India significa asistir a la lucha por la vida en lo más profundo de tu ser; sentir cómo la despiadada mirada de la desgracia se posa sobre ti, en cada cruce, en cada acera; sentir el preciso instante en que te traspasa el hombro y te susurra al oído: “Puede que la próxima vez te toque a ti”. Estar en la India significa contemplar cómo tu autosuficiencia se rompe en mil pedazos. Significa sentirse libre. E impotente. Significa no olvidarse ni un solo instante de esa fabulosa y extraña energía que te rodea.

Estar en la India significa comprender que la vida es una paradoja. Significa tener que plantearse la cuestión de la existencia. Estar en la India significa optar, en más de una ocasión, por ser sordo y ciego, pese a saber que nunca llegaremos a serlo del todo. Estar en la India significa sentirse solo, sentirse humano. Aprender a aceptar lo inesperado, en lugar de luchar contra ello. Estar en la India significa saber que el tiempo es subjetivo, salvo cuando se trata de nacimientos, muertes o matrimonios. Estar en la India significa no conocer jamás el aburrimiento y a menudo la desesperación. Estar en la India significa aprender a confiar. Estar en la India significa saber que todo cambia y nada se pierde, excepto los recuerdos. Estar en la India significa formar parte de una tradición viva. Ser moderno y tradicional a la vez. Estar en la India significa ver la eternidad en un abrir y cerrar de ojos.

Radhica Jha

martes, noviembre 07, 2006

Jainas






Monje jain en el templo de Adinath, en Ranakpur


El Jainismo es otra de las piezas que componen el desconcertante mosaico religioso de la India. Una pieza pequeña (sus fieles apenas constituyen un 0,5 % de la población), pero sorprendente y sugestiva.

La historia jaina comienza en el siglo VI a.C., el siglo de los grandes pensadores y de la crisis espiritual de Asia (Zoroastro, Buda, Lao zi, Confucio...), cuando el príncipe Vardhamana Vaishali, Mahavira, cuya vida ofrece un increíble paralelismo con la de Siddharta Gautama, Buda, abandona la corte para seguir la vida ascética. Tras doce años de meditación a la sombra de un árbol se declara “jain” (“victorioso”), e inicia su vida de predicación itinerante, fundando comunidades de monjes. Sin embargo, aunque a Mahavira se le considere el fundador del jainismo, sólo fue el último de los veinticuatro profetas santificados o “tirthankara” -personajes más legendarios que documentados históricamente-, canalizando, dando vida y organización a la doctrina supuestamente heredada de aquellos.

Sorprendentemente, en el jainismo no hay lugar para un dios creador y omnipotente, por lo que los jainas se declaran directamente ateos; pero el universo está poblado de innumerables almas individuales que viven prisioneras en la materia y sufren por liberarse de ella, ya sean vegetales, animales o humanas. Los jainas admiten la ley del karma, de las reencarnaciones -como todas las religiones de origen indio-, pero tienen en cuenta estas reencarnaciones como algo peligroso, pues son precisamente lo que van creando un cuerpo excesivamente sólido, una prisión del alma o, como los jainas dicen, unas especie de “costra”.

Monje jain en uno de los templos en el fuerte de Jaisalmer


Creen que se puede alcanzar la liberación mediante la pureza absoluta del alma, que se consigue despojándose de todo “karman”, estado generado por los propios actos y que apresa el alma, mediante la práctica de las “cinco abstenciones mayores”: no matar, no mentir, no robar, no caer en la incontinencia sexual y no ser codicioso. La primera abstención implica una total “ahimsa” (no-violencia), de pensamiento y de acto, hacia cualquier ser vivo. Esto supone, por supuesto, que son estrictamente vegetarianos, hasta el punto de comer tan sólo aquellas frutas y vegetales que cuelgan de las ramas y que pueden ser obtenidos sin dañar a la planta. También implica, por ejemplo, que ningún jaina puede ser agricultor, ya que con el arado podría dañar o matar a los animales que viven bajo tierra. Incluso es posible ver a algunos que cubren permanentemente su boca con un trozo de lienzo para evitar tragar accidentalmente algún insecto, o que caminan barriendo suavemente el suelo delante de sus pasos para no pisar ningún minúsculo ser vivo. En el centro de Old Delhi visitamos un curioso hospital para pájaros heridos en la ciudad (donde hasta las rapaces tienen por fuerza que hacerse vegetarianas) que resulta absolutamente surrealista, cuando en la puerta se agolpa la miseria humana.


Pintura en el Charitable Jain Birds Hospital, en Old Delhi


Las otras abstenciones (no matar, no mentir, ...), que lo mismo deberían valer, por ejemplo, para un cristiano, también se las toman tan a pecho que su total veracidad y honestidad les ha hecho ganarse la confianza de la gente y un gran respeto social, dedicándose al comercio, la joyería, la banca, la cultura o la administración (oficios todos que no implican daño a otros seres). Ante la vorágine de timadores que viven de sablear inmisericordemente al turista, nos resultó un descanso encontrar un vendedor jainista de miniaturas en Udaipur, o un correligionario joyero en Jaipur.

Por ello, gracias a su ejemplar comportamiento y a que todos se fían de ellos, han podido convivir pacíficamente durante más de dos mil quinientos años con las sucesivas religiones mayoritarias (budismo, hinduismo, islam), gozando además de un gran poder económico y cultural. Los laicos llevan una vida austera, y donan todas sus ganancias a los religiosos, quienes las utilizan para fundar hospederías, hospitales, escuelas, universidades o centros de investigación, pero también para construir los más ricos templos de la India y para adornar sus imágenes con metales y piedras preciosas.


Interior de un templo jainista en el fuerte de Jaisalmer

Detalle escultórico de un templo jainista en Ranakpur

Interior de un templo jainista en el fuerte de Jaisalmer


Allá donde existen, los templos jainistas fueron parada inexcusable para nosotros: Jaisalmer, Chittogarth, Ranakpur,... Son sobrecogedores, excesivos, deslumbrantes. Dentro de ellos, los bosques de columnas, las cúpulas como finísimos brocados, las figuras humanas, animales y vegetales, todas de purísimo mármol blanco, se multiplican abrumadoramente, como en un caleidoscopio, produciendo en nosotros una sensación mezclada de mareo físico y extraña paz, dentro de un espacio místico sin tiempo ni pasiones, inmersos en un torbellino en el que lo múltiple individual gira en torno a nosotros vertiginosamente, hasta aparecerse, al fin, como lo uno infinito.


Cercare l’uno nel molteplice, il molteplice nell’uno, decía una canción de Jovanotti.


Cúpula en el interior del templo de Adinath, Ranakpur


martes, octubre 24, 2006

Imágenes: rincones, detalles (II)


Atardecer en el río Betwa, en Orccha





Celosía en Amber Fort, Jaipur


Lago Pichola, Pushkar


Aseo matutino cerca del Amber Fort, Jaipur


Gadi Sagar tank, cerca de Jaisalmer


Mono en la selva, cerca de Ranakpur





Imágenes: rincones, detalles

Vidriera en el Junagarh Fort de Bikaner



Huellas que conmemoran el "Sati" (autoinmolación de las esposas del Maharaja) en la entrada del Junagarh Fort de Bikaner




En un templo jainista en Lodruva, cerca de Jaisalmer

Detalle de "Torana" (pórtico) en un templo jainista en el fuerte de Jaisalmer

En el patio de una casa en el fuerte de Jaisalmer



Puerta de una casa en el fuerte de Jaisalmer



Ventana en Jaisalmer



Pintada callejera en Udaipur



miércoles, octubre 18, 2006

La Ciudad Dorada



Entrada al fuerte de Jaisalmer


“La sin par Jaisalmer”. Por una vez, la guía no se equivocaba: Jaisalmer no tiene igual. Ninguna otra ciudad posee un poder de evocación comparable.


Jaisalmer: barco varado en la inmensidad del Gran Desierto de Thar. Jaisalmer: Arca de Noé sobre la colina de Trikuta, su monte Ararat. Jaisalmer: espejismo de dorada arenisca acariciada, azotada, esculpida incesantemente por las arenas y el Simún. Jaisalmer: ondulantes murallas como olas, isla buscada por las caravanas en el mar del desierto.

Llegamos a ella tras cientos de kilómetros de desoladas llanuras desérticas, temiendo que la tormenta de arena que empezaba a arreciar terminara por engullir la estrecha carretera, arrancando al motor del ambassador hasta su último suspiro de fuerza antes de que el sol se escondiera... Pero, para llegar a Jaisalmer, era preciso pagar un peaje de incerteza, de aventura. Nunca vimos a Rana dar gracias a sus dioses con tanto fervor como cuando por fin apareció la ciudad como una fantasmagoría entre la espesa niebla de arena, al filo del crepúsculo.

"Toque el claxon, por favor", en plena tormenta de arena en la carretera hacia Jaisalmer

El fuerte de Jaisalmer aparece, colosal, como emergido de la tierra, con su mismo color, cambiante según las infinitas variaciones de la luz a lo largo del día, del tierno rosado del amanecer, el dorado del implacable sol mediodía, o el naranja incendiado del atardecer. A diferencia de otros fuertes del Rajasthan, el de Jaisalmer no es sólo una alcazaba para el ejército y un alcázar para el maharajá, sino una ciudadela donde, desde hace mil años, se sigue tejiendo la vida cotidiana, en un incesante pulso contra la ruina, contra el olvido, contra el desierto, que amenazan por engullirla. En sus intrincadas callejas, tan estrechas que no es raro que una vaca te impida el paso, las havelis se atropellan unas a otras compitiendo en los encajes de piedra de los “chattris” -balconadas, cúpulas, celosías-, y los templos jainíes se engastan como apariciones sobrenaturales en los que las voluptuosas formas de bailarinas desdibujan la arquitectura y la materia misma del mundo.
Una de las sucesivas puertas de entrada al fuerte
Vaca y haveli al fondo, dentro del fuerte
Murallas
Esculturas en el atrio de entrada a uno de los templos jainistas

A unos kilómetros, pero lejos de todo, como el escenario de un cuento de Borges, se alzan los cenotafios de Amer Sager. Al amanecer, deambulamos entre el bosque de columnas y cúpulas de los monumentos levantados durante siglos para guardar la memoria –no los cuerpos, cuyas cenizas se disolvieron en el Ganges- de los maharajas de Jaisalmer y sus viudas inmoladas en el “sati” de las piras funerarias de sus esposos. La memoria de reyes y reinas olvidados. Qué metáfora de la fútil vanidad humana. Nos impregnamos de soledad y silencio, que son la melodía y la cadencia del magnético, irresistible, canto de sirena del desierto.

Vista general del conjunto de cenotafios reales de Amer Sager

Ruth en Amer Sager

Datos prácticos: los preparativos



Preparar un viaje es casi empezar a paladearlo. Del mismo modo que al cocinar: compras los ingredientes, consultas un libro de recetas, intentas adivinar el sabor del plato. Un buen viaje necesita preparación; aunque nada pueda anticipar su aroma final, la intensidad y los matices de su sabor... y su digestión.

Seguramente, nada puede prepararte realmente para la India. Pero puedes, como nosotros, intentarlo. Por eso, en estas notas de hoy dejaremos algunos datos que podrían ser interesantes.

Internet:

Es la llave maestra para preparar cualquier viaje. La información que se puede encontrar es infinita, así que intentaremos recomendar algunas fuentes concretas.

En primer lugar, la herramienta que nos resultó de más ayuda fueron, sin duda, los foros de viajeros. En ellos se encuentra información abundantísima, actualizada y sin intereses comerciales... y lo más importante: interactiva. Es posible hacer consultas públicas sobre cualquier aspecto en particular que seguramente serán contestadas por viajeros más o menos experimentados. También, encontrar direcciones de correo electrónico y contactos MSN para tomar contacto de manera más privada.

Los foros en castellano que nos parecen más interesantes son, por este orden:

http://www.losviajeros.com/index.php?name=Forums&file=viewforum&f=20

http://www.lonelyplanet.es/foro/default.aspx?g=topics&f=11

http://miarroba.com/foros/ver.php?id=777688

http://es.rentalia.com/travellers/index.cfm/accion/msg/idm/2622.htm


Para los billetes de avión, los dos buscadores específicos que nos ofrecieron los precios más bajos fueron http://www.traveljungle.com y http://www.terminala.com. Los hemos utilizado, ambos, en varias ocasiones, sin ningún problema.

A través de internet, naturalmente, contactamos con nuestro chófer, Rana. Os ponemos de nuevo su dirección de correo electrónico y sitio web: udit_511@rediffmail.com http://www.trivenitravels.com/



Visado:

Es imprescindible obtener visado previamente al viaje. La tramitación lleva al menos veinte días, así que hay que preverlo tranquilamente. Se consigue a través de la Embajada India en Madrid, sede diplomática que es todo un anticipo al caos organizativo de su madre patria. En nuestro caso, nos informaron y confirmaron telefónicamente (cosa difícil, por cierto, lo de que contesten el teléfono) que, personándonos allí, el visado podía obtenerse en el día... lo que resultó ser falso, después de trescientos kilómetros de viaje.

El visado turístico cuesta 50 € por persona, y dura tres meses desde la fecha de emisión (no de solicitud). Es necesario aportar dos fotografías, pasaporte en vigor, y un sobre de postal-express o similar, ya franqueado, para que te devuelvan los pasaportes una vez sellados.


Vacunas, botiquín y precauciones sanitarias

Aunque es una cuestión muy personal, y encontraréis opiniones diversas entre los viajeros, nosotros decidimos acudir directamente a los servicios sanitarios que nos correspondían, explicarles nuestro destino, época y manera de viajar, y hacerles caso. Así que nos vacunamos de tétanos, fiebres tifoideas y hepatitis A y B, y dado que viajábamos a menudo por zonas húmedas al comienzo del monzón, tratamiento paliativo para el paludismo (Savarine: barato y, para nosotros, sin efectos secundarios). Hay que planear el calendario de vacunas con al menos cuatro meses de anticipación.

Además, conviene llevar un botiquín que contenga, al menos: desinfectante tópico (Betadine o similar), material para pequeñas curas, analgésicos y antipiréticos (suaves, y más potentes), antiinflamatorios (“ “), antibiótico de amplio espectro (amoxicilina o similar), antihistamínicos/corticoides (un Urbason inyectable no estaría de más), protector estomacal y antiácido (Almax, por ejemplo), antidiarreico (Citrocil, Fortasec, o similar), sobres de suero salino probiótico, e insecticida (Relec Forte, aunque algo caro, es muy efectivo). Aunque parezca exagerado, os garantizamos, aunque sin querer alarmar a nadie, que utilizaréis al menos la mitad. Por supuesto, si tenéis alguna medicación específica, llevad provisión para todo el viaje.

En cuanto a las precauciones higiénicas, también es una cuestión muy personal. Además, conforme pasan los días, los prejuicios y escrúpulos occidentales se van difuminando con una velocidad pasmosa... ¡qué remedio! En general, reglas de oro son no beber jamás agua no embotellada (y comprobar el precinto de las botellas), ni siquiera en hielos, y restringir al máximo posible el consumo de verduras sin cocinar y carne.

¡Ah! Y contratar un seguro sanitario de viaje. Son baratos... y nunca se sabe.



Guías

Aunque la mayor parte de información la obtuvimos o bien de internet (incluso planos, direcciones, horarios), o durante el propio viaje, no viene mal llevar algún libro.

Sin lugar a dudas, la mejor, en nuestra opinión, es la Guía del Routard de “India Norte”: manejable, con información bastante extensa, y recomendaciones fiables en un porcentaje algo mayor que en otras.

Aunque es posible que muchos no estén de acuerdo, la “Lonely Planet” nos pareció malísima. La información es sucinta y superficial, y los lugares que recomienda siempre han subido sus precios y bajado su calidad, relajados con la avalancha de “lonelyplaneteros” –esa nueva tribu global- de todo el mundo.

Swami-gi

Swami-gi vive solo en lo profundo del bosque, no lejos de Rishikesh, donde la espesura apenas deja ver las majestuosas montañas del pre-himalaya entre las que baja, zigzagueando, frío y tumultuoso, el Ganges.

Habita una casita pintada de azul pálido, de una única y minúscula habitación; lo mismo en el bochorno del verano, el frío del invierno, o el diluvio del monzón. Dentro, sólo un catre y un baúl de madera, un cántaro de barro y un par de libros que no lee, porque desde niño, tras los largos años de estudio en el ashram, ya guarda en su memoria todos los milenarios textos de la cultura sánscrita.

Cuando se asoma desde la penumbra, nos sentimos avergonzados por traer con nosotros nuestra prisa, nuestro desorden, nuestra desconfianza, nuestra torpeza de seres pequeños y perdidos. Pero nos mira y sentimos (Carmen, con los ojos repentinamente llenos de lágrimas) que todo ocupa su justo lugar, todo está en su sitio. ¿Cómo explicar lo que transmitía su mirada? No era una mirada aleccionadora desde un alto púlpito de sabiduría, ni misericorde, ni persuasiva, ni solemne, ni siquiera curiosa... tan sólo un vínculo instantáneo de aceptación, hermandad, paz, reconciliación, que en silencio parecía decir “todo está bien... así ha de ser”. Las miradas dijeron mucho más que las palabras que conseguimos intercambiar a través de Rana.

Nos cuenta que cuando llegamos pensó que éramos animales de la jungla, que a menudo le visitan osos, elefantes, leopardos (naturalmente, nunca se hacen daño. Como Mowgli, la rana, quizá se digan: “tú y yo somos de la misma sangre”). Nos habla de su vida. Cuenta, divertido, que pasó años viviendo en una covacha que se inundaba cuando llovía; que tan sólo come los frutos que quiere ofrecerle el bosque, o que, de vez en cuando, le deja algún visitante; que en pocos días empezará un período de silencio de tres meses, en los que no pronunciará ninguna palabra, para vaciar de ruido su mente... Nosotros le hablamos de nuestra vida, ¡y nos parece tan ridícula, tan sin sentido!... Él nos escucha, y nos aconseja, no hacer, ni dejar de hacer, sino meditar para encontrarnos y comprendernos, y, sólo entonces, verdaderamente encontrar y comprender a los demás.

A sus setenta y muchos años (una edad avanzadísima en la India), es un hombre increíblemente alto, derecho y flexible como un junco, con una recia melena plateada y una sonrisa chispeante y contagiosa en la que relucen, blancos, todos sus dientes.

Cuando nos despedimos, se cubre para la fotografía con dos trozos de tela que tenía colgados en un árbol. Toma apenas dos piezas de la bolsa de mangos y bananas que le traíamos como obsequio, y nos devuelve el resto. Desde la entrada de su morabito, nos parece el hombre más digno y más feliz que hemos visto en nuestra vida... Il Poverello, en su Porciuncola.

martes, septiembre 26, 2006

Mercados




Comerciante de telas en el mercado de Jodhpur



En ningún lugar se siente latir la vida, tan entera, tan espontánea, como en los mercados. En la India, y en España. Por eso nos fascina recorrerlos, perdernos sin tiempo en sus vericuetos, disolvernos entre el gentío y las mercancías que vienen y van.

Anciano con los productos de su huerta en Mandawa

Cada mercado es un organismo vivo, un ecosistema único aparentemente desordenado, pero que está regido por leyes invisibles para el extranjero, ya que cada cual, con prisa o con pausa, sabe cuál es su lugar. Un intrincado caleidoscopio que es diferente a cada hora, cada día de la semana, en cada ciudad, en cada estación. Se diría que la India toda es un inmenso mercado.

Deliciosos mangos y bananas en Haridwar

Pardas vestiduras de mendigo, y resplandor de saris. Pestilencia de detritus, reducidos a casi nada por perros, vacas, gallinas y cerdos, junto a fragantes carros rebosando clavellinas que serán ofrenda a los dioses. Oscuro barro en el suelo, y fulgurantes montañas de polvo de colores para dibujar la “tikka” sobre la frente de los fieles hindúes. Especias infinitas, frutas dulcísimas, fritangas, mil y un cachivaches made in Taiwán.

Puesto de polvos de color para la "tikka" en Pushkar

Un ciclo-ricksaw, cargado de manera inverosímil, aguarda pacientemente a que una vaca que ocupa tumbada toda la estrechísima calle se decida a moverse, sin importunarla. Un tendero hace caso omiso de la clientela que se agolpa al otro lado del mostrador, mientras reza -un manojo de varas de incienso humea entre las palmas juntas de sus manos- ante el altar doméstico presidido por una horripilante imagen de Hanuman que podría haber salido de cualquier serie manga; de repente interrumpe su inextricable letanía para gritarle al joven aprendiz algo que suena como “¡niño, miravé, atiende a la señá Lakshmi, que tiene prisa!”, y súbitamente parece sumergirse de nuevo en el más profundo éxtasis místico.

Incluso en los mercados destinados al turista, aunque sin duda son menos encantadores, sobreponiéndose a comerciantes insistentes hasta la agonía, ganchos de todo pelaje (algunos realmente imaginativos), y timos recurrentes, desterrada o ya resuelta la relación mercantil, es posible disfrutar de momentos irrepetibles de cercanía humana.

Carmen y un grupo de gitanillas en el mercado de Jodhpur, sosteniendo al bebé, casi recién nacido, de una de ellas.



Puesto de hortalizas en Jaisalmer

Estampando telas de algodón en Jaipur



Datos prácticos: los precios



Si todo es relativo en India, los precios lo son aún más. Prácticamente todo es duramente “regateable”, lo que resulta agotador en algunas circunstancias. En los hoteles, por ejemplo, incluso en los más atildados, siempre hemos conseguido descuentos de al menos un 30% con respecto al primer precio.

Lo que paguéis dependerá de factores tan dispares como la época del año, el día de la semana, la hora del día, vuestra indumentaria, la cara de cansados o entusiasmados que llevéis, ... y, por supuesto, de vuestra habilidad al negociar.

No obstante, intentaremos dar algunas indicaciones para futuros viajeros. Cuando nosotros viajamos, el cambio estaba en torno a 1 euro = 57 rupias (INR)

- Una botella de agua mineral (1 l): 10-20 INR

- Un “thali” (menú normalmente vegetariano, abundante, compuesto por arroz, lentejas, varios tipos de hortalizas especiadas, ensalada, y roti-chapati): 40-100 INR. Thali no vegetariano (básicamente igual, solo que con alguna pequeña ración de carne): 80-150 INR.

- Un refresco (1/2 l): 15-30 INR

- Un “chai” (té): 5-15 INR

- Un “lassi” (especie de yogur líquido, normalmente delicioso, muy refrescante): 12-30 INR.

- Un ciclo-ricksaw: 70 INR/hora

- Una caja de cerillas: 1 INR.

- Una habitación doble de hotel (a veces mucho más que decente, con baño privado, aire acondicionado y, normalmente, desayuno): 500-1000 INR.

- Una propina en un restaurante: 20 INR

- Entradas a monumentos: desde 50 a ¡750! INR (Taj Mahal)

- Un guía oficial en un monumento: en torno a 80-100 INR/hora

...Como orientación general, si os estáis pensando viajar, podemos decir que en 23 días, incluyendo absolutamente todo (desplazamientos con coche con chofer, hoteles, comidas, inevitables compras...), el billete de avión se llevó la mayor parte de nuestro presupuesto. En conclusión, con nuestra manera de viajar (sin excesivos lujos, aunque dándonos alguno que otro), nos atrevemos a decir que gastamos la mitad que si hubiéramos un viaje de la misma duración a través de un paquete de mayorista. ¡Ánimo: no es tan inalcanzable!

miércoles, septiembre 20, 2006

Imágenes: los niños

La encarnación de la felicidad y la esperanza de la India son los niños camino de la escuela.


En una camioneta entre cultivos, camino de Madogarh



En el fuerte de Jaisalmer


Asomado a una ventana de una haveli de Mandawa


En el Ganga aatri de Haridwar

Aliviando el calor del mediodía en el Ganges, Haridwar

En la campiña de Maddhya Pradesh... ¡salieron de la nada!

Mientras sus madres trabajaban cargando piedras en el Raj Mahal de Orccha, ellos cuidaban de su hermanito (debajo)

La pisada de Dios



La ciudad santa de Haridwar viste de rosa, naranja y blanco –los colores de la Iluminación- las orillas del impetuoso Ganges, justo donde este se desprende de las cumbres de los Himalayas para precipitarse sobre la llanura gangótrica como la manifestación misma de la Creación: dador y arrebatador de vida, turbio, imparable, incomprensible, siempre el mismo y siempre diferente… como el Samsara, el ciclo de la existencia hindú.
Cuentan que en el ghat de Har-ki-Pairi (“La Pisada de Dios”), Visnú derramó unas gotas de néctar celestial, dejando una huella tras de sí. Desde entonces, desde hace milenios, los fieles de la religión viva más antigua del mundo no han dejado de recorrer los caminos de la India para hacer su “yatra” (peregrinación), en la esperanza de acumular buen “karma” para, más pronto que tarde, obtener la “moksha” (liberación) del ciclo de las reencarnaciones y volver al Brahman, lo eterno, infinito y no creado. ¿Complicado? No sólo. Para un occidental, tirando a racionalista y descreído, es sencillamente ininteligible... aunque puede que sí, de alguna manera, aprehensible.


Peregrinos descansando junto a Hanuman, el dios-mono



Saddhu bañándose en el Ganges


Los peregrinos y saddhus (santones; algunos reales, otros simples mendigos) pasan el día refugiados a la sombra de enormes árboles, al pie de cada cual hay un pequeño altar repleto de ofrendas (cualquier árbol, cualquier fuente, cualquier piedra, es representación y parte de Lo Sagrado en la India), o sofocando el aplastante y húmedo calor tomando un baño (¿ablución sagrada, o chapuzón: quién sabe la diferencia?) en el río. Lo mismo hacemos nosotros, agarrándonos a las cadenas colocadas para no ser arrastrados por la fuerte corriente. Al secarnos, nuestra piel y nuestra ropa brilla por el sedimento mineral del río. ¿Algo se pega? Sonreímos al ver puestecillos donde se venden garrafas de todos los tamaños destinadas a transportar agua del río santo: son las mismas que en Fátima o en Lourdes.



Vendedor de ofrendas en Har-ki-Pairi ghat

Baño ritual colectivo en Har-ki-Pairi ghat



Conforme el sol declina, un lento fluir de gente se dirige al ghat de Har-ki-Pairi. Y nosotros en él. Entre miles de indios, sómos los únicos extranjeros. Nos gustaría ser meros testigos, desapercibidos, pero es imposible no llamar la atención. Nos tratan con cortesía y curiosidad, nos saludan con un “namasté” o con un “wich country?”, nos ceden sitio para sentarnos en el suelo junto a ellos. Familias enteras se purifican en el río, en un ambiente de júbilo desenfadado. Atardece y, como cada día, comienza el “Ganga aarti”, ceremonia de “comunión” (es el término más acertado que encuentro) con el río, la madre Ganga. Sobre hojas trenzadas, flotan ofrendas de pétalos de flor y pequeñas velas encendidas, río abajo. Ahora sí que somos invisibles. Todos, sin distinción de edad, sexo o casta, se unen en el mismo “bhajan” (himno). También nosotros nos sentimos, de alguna inexplicable manera, parte. No comprendemos, pero acaso esa es la clave: aceptar no comprender. Hare Ganga...


Ganga aarti en Har-ki-Pairi ghat

viernes, septiembre 01, 2006

Los havelis de Mandawa


Día 6 de julio de 2006. Empezamos el día en Delhi, bien tempranito, desayunando con la familia de Rana. Vamos hacia el oeste, hacia a la región del Shekawati, hacia el desierto del Thar, frontera natural con Pakistán..

Tomamos un itinerario alternativo a la ruta habitual que, según asegura Rana, nos hará ahorrar un par de horas.. Salir de Delhi se nos hace interminable; sus extrarradios son aún más contaminados, más míseros, más anárquicos. Empezamos por fin a ver horizonte: los verdes arrozales de Haryana vienen a relajarnos la vista. Respiramos…





Animales al borde de la carretera: búfalos en Haryana, dromedarios en Rajasthan, "chinkaras" (especie de pequeñas gacelas) en el desierto del Thar.

Gradualmente, el paisaje torna del vergel al desierto. Los árboles de mango, por acacias. Los búfalos, por dromedarios. Los blandos regadíos, por duro y polvoriento paisaje de sabana. Las ovejas, por alguna furtiva gacela y rebaños de famélicas cabras guiadas por pastores que podrían haber vivido en los tiempos de Abraham.

Un destartalado cartel nos informa de que entramos en Rajasthan; debemos parar para pagar las obligadas tasas que nos cobran por pasar de un Estado a otro, en un sitio inverosímil, una minúscula aldea en mitad de ninguna parte. Mientras Rana iba en busca de “la oficina de peajes”, que nadie parecía saber dónde estaba, nosotros bajamos del coche para estirar las piernas y salir del horno crematorio en el que se convertía nada más apagar ese amago de aire acondicionado que tiene. Nada más salir empezaron a llegar hombres, muchachos, niños que se paraban a nuestro lado… en cuestión de minutos estábamos rodeados por ¡todo el pueblo!, congregado a escaso metro y medio (las mujeres algo más apartadas, nos observaban de lejos), sin quitarnos el ojo de encima, mirándonos fijamente, intensamente, como si fuésemos apariciones, sólo les faltó tocarnos con el dedo para comprobar que éramos de carne y hueso. Así se debió sentir el Dr. Livingstone, supongo. Imposible hablar con ellos; nadie sabía una palabra de inglés. Nos ofrecieron agua, que sólo Carmen se atrevió a aceptar, por la estabilidad de los intestinos, y nos despedimos con un montón de reverencias y “namasté”. Otro mundo.

Aún no habíamos asimilado que en la India la curiosidad es natural, y no supone ninguna grosería mirar intensamente y de cerca a otra persona, o preguntarle por su familia, su salario,… A lo largo del viaje, en cuanto alguien sabía cuatro palabras de inglés, intentaba saber de nuestra vida; si tenía cámara, una foto con “blancos” era algo así como un trofeo.


Calle principal de Mandawa


Hacia mediodía llegamos a Mandawa, una pequeña población con un importante pasado comercial por encontrase en una encrucijada de la Ruta de la Seda. Parece ser que aquí era donde se hacían los intercambios de la seda que venía de China por el opio procedente de Afganistán. Gracias a ello floreció una potente clase comercial, cuyos ricos mercaderes se construyeron espléndidas residencias, los “haveli”, decoradas con maravillosas pinturas murales en las que se entremezclan motivos clásicos del vasto panteón hindú, bailarinas, elefantes, guerreros, con otros, tan sorprendentes cuando crees encontrarte en un pueblo medieval varado en el desierto, como coches, locomotoras, artilugios alados a modo de aeroplanos, barcos, teléfonos,… y es que, aunque la sola mención, casi como un verso, de “la Ruta de la Seda”, nos transporte a tiempos remotos, en realidad fue una ruta muy activa hasta hace poco menos de ochenta años, cuando cobraron importancia el ferrocarril y el puerto de Bombay. Los haveli continuaron, por lo tanto, siendo palacios de Las Mil y Una Noches hasta bien entrado el siglo XX, cuando sus dueños las abandonaron para continuar sus negocios en Bombay o Calcuta.

Pinturas murales de motivos tradicionales y "modernos"

Primer patio de una "haveli" en Mandawa


Tras estar cerradas durante años, la gente más humilde ha decidido ocuparlas, por lo que ahora cada una de ellas está invadida por varias familias que viven repartidas entre sus patios, haciendo hogueras que ahuman las pinturas murales, criando animales sobre los ricos pavimentos… pero manteniéndolas vivas.

jueves, agosto 31, 2006

Rana y el ambassador


El ambassador al borde del desierto del Thar, durante una parada en un cafetín de carretera en la carretera Bikaner - Jaisalmer

“Welcome Mr. Carlos Blay x 3 from Rana”. Aún conservamos la redoblada hoja de papel gracias a la que le encontramos, alucinados, apabullados, entre la marabunta que se abalanzaba hacia nosotros a la salida del aeropuerto de Delhi. Un individuo menudo, con bigote y el pelo medio teñido de naranja (esto último, curiosa tendencia estética muy común entre los indios). Tiene 34 años, aunque casi siempre parece tener bastantes más.

Dimos con él por casualidad, mejor diremos por suerte, meses antes, en ese océano de corrientes caprichosas que es internet, gracias a la web que Rob, frecuente viajero holandés, amigo y padrino, le hizo. Varios correos intercambiados, inevitable y recio regateo, posibles rutas, más recomendaciones de otros viajeros, ... y nos convencimos de que podría ser la mejor opción para zambullirnos por primera vez en la India.

Tanto él como su mujer proceden de Dharamsala, en el estado de Himachal Pradesh, ciudad pequeña en los primeros contrafuertes del Himalaya, que en Occidente conocemos sólo por ser residencia habitual del Dalai Lama y sede del Gobierno tibetano en el exilio. Sin embargo, viven en Delhi, aunque la odian, y se sienten afortunados por poder ofrecer a sus dos hijos una educación que en otra parte no podrían recibir. Sueñan con volver, algún día, a las montañas, y trabajar la tierra.

Viven en un pequeño apartamento, en una especie de residencial semi cerrado (que cuenta, incluso, con su propio templo, nos dice orgulloso) de mala construcción, sin puertas interiores, e impregnado, como todo en ese nido de 18 millones de humanos, de un sedimento gris de polución. Fue agradable compartir un desayuno con ellos, y conocer a su esposa, policía municipal, y a sus dos hijos adolescentes, ella, delegada de clase y sobresaliente estudiante, y él, también estudiante, pero más prometedor como jugador profesional de cricket (imaginad la fama de nuestros jugadores de fútbol, multiplicadla por cien, y os haréis una idea de lo que significa). Ambos chavales hablan un impecable inglés.

Rana regenta su propio negocio, “Triveni tours”, una agencia de transporte turístico unipersonal, y cuya flota de vehículos está compuesta por un único ambassador blanco, no precisamente nuevo, pero impecablemente limpio y cuidado. Pudo adquirirlo gracias al patrocinio de Rob, el holandés. El intrépido ambassador es, desde los años cincuenta, el modelo orgullo nacional, a incluso continúa siendo el coche oficial de los más altos mandatarios. En 5.000 kilómetros de travesía (que se dice muy pronto, pero los números, aunque los inventaran en la India, no significan lo mismo que aquí) aguantó impertérrito.

No sólo fue nuestro conductor (y muy buen conductor, lo que es imprescindible en las carreteras de la India si es que aprecias tu actual encarnación), sino todo un cicerone, puntual, correcto, y dispuesto siempre a solucionar los cientos de pequeños contratiempos que, de otro modo, podrían devenir en situaciones kafkianas e irresolubles. Abstemio, no fumador, y algo fakir para la cosa de las comidas, pero muy beato nos salió, eso sí. De meditación matutina diaria, oración antes de comenzar cada viaje y acción de gracias al llegar a destino, y fervoroso feligrés de cada templo que visitáramos. En el salpicadero del ambassador, un pequeño “rosario”, estampitas variopintas, la foto de un veneradísimo “holy man” (parece ser que aún vivo, aunque de apariencia fósil), y una figurita de Ghanesa, el dios-elefante del “buen rollito”, que, cada vez que se volcaba o caía (lo que sucedía continuamente durante las cotidianas carreras de obstáculos), se apresuraba a recolocar y “santiguarse”, en plena marcha, lo que saturaba nuestra ya disparada producción de adrenalina. Para amenizar los viajes, podíamos escoger entre un rayado casette de himnos a Shiva “The Lord”, u otro aún más desgastado de himnos a Krishna, que acompañaba (especialmente por la mañana, mira por dónde) con sus propios pulmones de montañés como si en ello le fuera el karma: “Yaiii yaiii yaiii...Hanumaaaaaaaaaan...”.

Todo un personaje, al que terminamos por coger un aprecio sincero. Mantenemos contacto a menudo todavía. Desde luego, nuestro viaje hubiera sido muy distinto sin él. Si estáis pensando en viajar al norte de la India, sobre todo si es por primera vez, os aconsejamos contactar:
udit_511@rediffmail.com / www.advaita.nl


Rana, delante del abandonado palacio de Jhansi, en Maddhya Pradesh

miércoles, agosto 30, 2006

Imágenes: Retratos (I)

Estudiantes de la madrasa de la Fatehpuri Masjid en Old Deldhi


Mujer en el Ha-Ki-Pairi Ghat de Haridwar



Ruth en el templo de Mansa Devi en Haridwar

Postulantes y Saddhu en un ashram de Rishikesh


Mujer en un paso a nivel en la carretera Bikaner-Mandawa

martes, agosto 29, 2006

Sikhs

En Delhi no se puede dejar de visitar el majestuoso templo sikh Gurdwara Sisganj, y no ya por lo impresionante de ese inmenso edificio de mármol blanco y cúpulas doradas que destacan en medio de la decadente y tumultuosa arteria principal de Old Delhi (Chandni Chowk), sino por la oportunidad que brinda para conocer esta interesante comunidad religiosa que, pese a no constituir más del 1,8% de la población de la India, es una minoría que resulta ampliamente visible, ya que gracias a su tremenda disciplina y al trabajo duro se ha convertido en una de las élites del país, destacando en casi todos los campos: la industria, la educación, la medicina, la ingeniería, las fuerzas armadas o el deporte. El primer ministro actual, por ejemplo, es sikh.

Sin embargo, y a pesar de estar “en la cima”, estos hombres ¡y mujeres! (por una vez parece dársenos un papel “equitativo” en la comunidad) se ponen cada día a “la altura” de los más pobres entre los pobres. Y es que su religión, con dedicación “misionera”, les invita a dar un poquito de lo que tienen sirviendo como voluntarios a los demás (trabajando, no pagando a otro para que trabaje, que sería mucho más fácil, ¿verdad?). Todo templo sikh, presente en cada las ciudad de la India según sus necesidades, integra no sólo el edificio específicamente destinado a los oficios religiosos, sino una gran organización con vocación asistencial, en la que se integra un dispensario, habitaciones para alojarse y un enorme comedor social en los que no se hace distinción de casta, credo, sexo, nacionalidad o nivel económico (¡hasta tú, que no tienes pura necesidad, podrías beneficiarte gratuitamente de sus servicios!).

Comedor colectivo del Gurudwara Sisgang en Delhi


Disciplina, organización, solidaridad. Tres bienes escasos, y tan necesarios, entre los indios.

Al llegar al Gurudwara Sisganj de Old Delhi eres amablemente recibido por un correligionario voluntario, como todos los que trabajan en la comunidad, pulcramente vestido y aseado (lo que ya denota otra forma de entender las cosas) que pacientemente se ofrece a enseñarte las dependencias de la organización y a darte todas las explicaciones que quieras recibir –en un exquisito inglés- sobre sus creencias, filosofía y modo de vida. Si te apetece, puedes incluso entrar en un debate filosófico acerca de la vida y las religiones... ¡interesantísimo! seguro, pero no apto para cualquier mortal (entre los que me incluyo).

Resumiendo un poco, la religión sikh es monoteísta, como el cristianismo o el islam, en contraposición a la religión hindú, plagada de dioses y diosas, con sus múltiples formas y avatares. Los sikhs creen en un Dios supremo, absoluto, omnipresente, eterno, creador, que es la “causa de las causas”, pero que no es violento ni vengativo. Es un Dios que no castiga al hombre por sus pecados pero que le pide que cumpla su verdadera misión en el Cosmos -del que forma parte según una concepción holística del mundo- de forma que se una después con su Origen. Para los sikhs la vida no es pecaminosa, cualquier vida emana de un Origen puro y toda vida alberga una Verdad única... Hablando ¿en cristiano?: el sikhismo es una religión práctica, una fe de esperanza y optimismo, que pretende enseñar al ser humano cómo llevar una existencia digna a la vez que útil para el mundo, y realmente, de cerca, lo parece. Según nos explicaron, ni siquiera se trata de una visión altruista de sacrificio y renuncia a uno mismo, ya que creen que hacer el bien a los demás, dirigirlo al mundo en general es algo que siempre revierte positivamente en ti como individuo que formas parte de él (de nuevo la visión holística, ya sabéis). Para hacernos comprender esto último nos plantearon el símil de que fueses una olla a presión, en la que si sólo metes ingredientes termina por explotar, con lo cual, además de estropearse no cumple la finalidad de ofrecer la comida cocinada; por eso tú necesitas “soltar” una parte de lo que tienes, para tu propio bienestar y para cumplir con la misión para la que has sido creado.

Cualquiera puede convertirse en sikh, independientemente de su origen o nacionalidad, no hay límite de edad. Sin embargo no es una religión proselitista; nuestro inesperado guía en el Gurudwara nos insistió en que no es necesario renunciar a las propias creencias, sean religiosas o simplemente éticas, para seguir estos principios que, de puro naturales y lógicos que parecen, podrían ser casi universales.

Los hombres sikhs resultan bien visibles gracias a los cinco símbolos, conocidos como las “cinco k”, por ser ésta la primera letra de cada uno de ellos:
- Kesha (pelo largo y recogido, también el de la barba, que teóricamente no recortan en toda su vida)
- Kangha (especie de peineta que llevan bajo el turbante)
- Kara (pulsera de acero)
- Kachha (especie de calzones cortos interiores )
- Kirpan (daga)

La finalidad de estos símbolos es contribuir a la disciplina personal, ya que según nos explicó nuestro guía, un aspecto externo disciplinado manifiesta una disciplina interior, o sea que esta vez el hábito también hace al monje. Además, llaman la atención por ser más altos y corpulentos que la media, ya sea por su mayoritario origen punjabi, o sencillamente por llevar una mejor alimentación. Realmente, su aspecto es imponente. Las mujeres sikhs no se distinguen por su indumentaria de cualquier mujer hindú, aunque sí en el activo papel que juegan dentro de su comunidad, en el que no son discriminadas ni siquiera a la hora de conducir los oficios religiosos.

Para saber más, visitad: http://dgmc.sikhnet.org







lunes, agosto 28, 2006

Cartas a Lucilio

"¿En qué puede ayudarte la novedad de tierras? ¿En qué el conocimiento de ciudades o lugares? Este ir de un lado a otro es inútil. ¿Preguntas por qué no te ayuda esta huida? Pues porque huyes contigo mismo. Hay que descargar el peso del espíritu. Hasta entonces ningún lugar te complacerá.
Cuando hayas expulsado este mal, todo cambio de lugar se tornará agradable. Aunque seas desterrado a las tierras más lejanas, aunque seas colocado en cualquier rincón de un país bárbaro, ese sitio, sea el que sea, te resultará acogedor. Más importante que el sitio es la disposición con que te acercas a él, y por eso no debemos aficionar nuestro espíritu a ningún lugar. Hay que vivir con este convencimiento: no he nacido para un solo rincón, mi patria es todo este mundo. "
Séneca, Cartas a Lucilio, 28, 2.4-5.
Escribiente en un ashram de Rishikesh

Indiados - India a dos



Indiados
Abrimos este espacio para compartir el viaje que hicimos durante 23 días de julio de 2006. En él relataremos, a dos manos, varias impresiones de lo mucho e intenso vivido, tomando como punto de partida los diarios de viaje escritos durante una azarosa ruta de 5.000 kilómetros por las carreteras del norte de la India.
Dos miradas, ¿un viaje?
Esperamos que os guste, amigos o anónimos navegantes, que os sea útil si estáis preparando vuestro viaje, ¡y que nos dejéis vuestros comentarios!

Namasté!

Waku-ka-tilla



Desauyamos en el hotel un té grasiento y salado con leche y manteca de yak, y una gachas con rodajas de plátano.

Desde la azotea se ve el río Yamuna, y centenares de banderas de oración de vivos colores que dispersan con el viento sus alabanzas al Buda.


A la luz del día, todo es mucho menos sórdido. Las calles del barrio tibetano son a veces meros pasillos entre las casas, por donde discurren libremente las aguas fecales. Monjes y monjas budistas con túnicas rojas y azafrán andan sin prisa entre puestos donde se venden extrañísimas frutas y verduras, amuletos, incienso... Los muros aparecen repletos de pintadas y carteles que piden la liberación del Tibet, o felicitan a His Holyness por su último cumpleaños. Resuenan por altavoces monótonos (en el sentido más literal de la palabra) mantras. En algo así como una plazoleta, a la puerta de un pequeño templo, la gente reza y da vueltas a pequeños molinillos que repiten una y otra vez la misma y casi única oración del budismo tántrico “om mani padme hum...”.

Comienza el viaje

Día uno de julio, y a las cinco de la mañana Barajas ya es un caos. Nuestro vuelo aparece y desaparece de las pantallas, indicando cada vez una puerta de embarque distinta. No hay personal de tierra, y las oficinas de información aún están vacías. Nervios y carreras en un estado de semiinconsciencia, y algo más de una hora de retraso en despegar, justo el tiempo que tendríamos para hacer el trasbordo en Zurich, por lo que tememos perder el enlace. Conversamos sobre ello con grupo de tres indios, que en un principio nos toman por parte de la delegación diplomática (¡con la pinta que llevamos!) de Zapatero, que viajaba también ese día a la India, y quienes, sin perder un ápice de serenidad ni de sonrisa, nos dicen “¡oh, ya es seguro que no cogeremos el siguiente avión!”. Esta misma actitud de indolente reconciliación con lo que haya de venir, tan incomprensible para nosotros, la encontraremos muchas veces a lo largo del viaje. En el avión también viene –en clase turista- el tal Ruphert (¡te necesito!), como un estrafalario alienígena recién salidito del bote de formol.

El trayecto de Madrid a Zurich resultó muy hermoso gracias a la limpia mañana sobre los Alpes: una sucesión inabarcable de cumbres titánicas, oscuras y erizadas, blandas colinas nevadas, sinuosos glaciares como serpientes míticas y lagos opalinos.

Gracias a los tres “gentlemen” indios de Barajas, quienes nos cuelan por el control “bussiness class”, conseguimos no perder el siguiente vuelo. Sentados en la última fila del enorme avión, somos ya tres extraños entre una pequeña multitud de caras morenas, brillantes saris, apretados turbantes sikhs, niños que corretean descalzos por los pasillos. Pese a la adrenalina descargada, conseguimos descabezar algún rato de sueño acunados por la idea de estar recorriendo, apenas unos miles de metros por encima, una sucesión de países extraños, la antigua Ruta de la Seda, que durante tantos siglos llevó Occidente hasta Oriente, y viceversa, y que ahora nos lleva a nosotros.

Nunca fuimos tan lejos, no sólo en distancia física, y presentimos que, para aprender la India, tendremos que olvidarnos de lo aprendido hasta entonces. Sin saber si seremos capaces, nos prometemos, al menos, ir con los ojos bien abiertos, hacia afuera y hacia adentro, y cultivar la capacidad de sorprendernos, que es el verdadero tesoro del viajero.

Finalmente, llegamos a Delhi, y, por si fuera poco, llegaron también nuestras maletas. El primer impacto llegó nada más salir por la puerta del avión: 35 ºC a las diez de la noche, con sensación térmica de bastantes grados más, y un aire quieto, espeso, saturado de humedad, que parece oprimirte los pulmones. Ruth, en la escalerilla, creyó que era el aire caliente de las turbinas de los motores... pero no. Pasamos el tedioso control de pasaportes, y saboreamos por primera vez uno de los ingrediente más indigestos de la indiosincrasia: a los escasos especímenes que trabajan tras un mostrador (ya sea en una aduana, en un banco, o en la recepción de un hotel), les encanta aparentar que tienen todo controlado, en un país fuera de control, en el país del sálvese quien pueda, en el que la administración es invisible, lo que se materializa en enrevesados formularios que inevitablemente te ves obligado a rellenar, aunque sea con el curriculum vitae del pato Donald, eso da igual.

La sensación de salir por la puerta del aeropuerto es sobrecogedora, con cientos –muchos cientos- de ojos oscuros escrutándonos, mientras buscamos y finalmente encontramos, como una tabla de naúfrago, un cartel con nuestro nombre que sostiene Rana, nuestro conductor (y algo más) durante los próximos 23 días.

Pero lo que más marcó, sin duda, la llegada, fue el trayecto desde el aeropuerto al hotel. Nos sumergimos en el tráfico nocturno de Delhi como en un feroz campo de batalla, sin reglas (al menos, ninguna regla inteligible para nosotros, salvo conducir, no siempre, por la izquierda, como los ingleses, para más inri). Personas cruzando hacia cualquier parte y desde cualquier parte. Apenas alumbrado. Vacas, vivas o muertas, en mitad de la autopista, inmutables. Algún semáforo que sirve para lo mismo que los intermitentes (es decir, para nada). Camiones multicolores que se precipitan, da igual si es en dirección contraria, como elefantes desbocados. Repletos ricksaws como verdes moscas zumbonas. Y gente, mucha gente: tirados encima de los coches, o en el suelo, o en mitad de una estrechísima mediana. Hombres cubiertos apenas con un taparrabos, mujeres envueltas con una tela mugrienta. No se mueven, y no sabes si están vivos o muertos.

Llegamos a nuestro destino de esa noche, Waku-ka-Tilla, la colonia fundada por los refugiados tibetanos tras la invasión china, donde teníamos reservado nuestro único hotel en todo el viaje, que según las guías de viaje (muy pronto aprendimos a confiar lo justo en ellas) era un lugar tranquilo y seguro, pero que nos parece tan siniestro como todo a esas horas. Nos saluda en la recepción la efigie de “His Holyness the Kundum Dalai Lama”. En la habitación, conversamos sobre la impresión de la llegada; para nosotros ha supuesto encontrarnos, por primera vez en nuestra vida, cara a cara con la miseria, con todas sus letras. Dormimos con un sueño plano, martilleados por el aire acondicionado, que apenas sirve para bajar la temperatura unos pocos grados, pero que suena como si dentro estuviera pedaleando un mono cabreado.