Indiados

Impresiones tras nuestro primer viaje a la India, en julio de 2006

miércoles, octubre 18, 2006

Swami-gi

Swami-gi vive solo en lo profundo del bosque, no lejos de Rishikesh, donde la espesura apenas deja ver las majestuosas montañas del pre-himalaya entre las que baja, zigzagueando, frío y tumultuoso, el Ganges.

Habita una casita pintada de azul pálido, de una única y minúscula habitación; lo mismo en el bochorno del verano, el frío del invierno, o el diluvio del monzón. Dentro, sólo un catre y un baúl de madera, un cántaro de barro y un par de libros que no lee, porque desde niño, tras los largos años de estudio en el ashram, ya guarda en su memoria todos los milenarios textos de la cultura sánscrita.

Cuando se asoma desde la penumbra, nos sentimos avergonzados por traer con nosotros nuestra prisa, nuestro desorden, nuestra desconfianza, nuestra torpeza de seres pequeños y perdidos. Pero nos mira y sentimos (Carmen, con los ojos repentinamente llenos de lágrimas) que todo ocupa su justo lugar, todo está en su sitio. ¿Cómo explicar lo que transmitía su mirada? No era una mirada aleccionadora desde un alto púlpito de sabiduría, ni misericorde, ni persuasiva, ni solemne, ni siquiera curiosa... tan sólo un vínculo instantáneo de aceptación, hermandad, paz, reconciliación, que en silencio parecía decir “todo está bien... así ha de ser”. Las miradas dijeron mucho más que las palabras que conseguimos intercambiar a través de Rana.

Nos cuenta que cuando llegamos pensó que éramos animales de la jungla, que a menudo le visitan osos, elefantes, leopardos (naturalmente, nunca se hacen daño. Como Mowgli, la rana, quizá se digan: “tú y yo somos de la misma sangre”). Nos habla de su vida. Cuenta, divertido, que pasó años viviendo en una covacha que se inundaba cuando llovía; que tan sólo come los frutos que quiere ofrecerle el bosque, o que, de vez en cuando, le deja algún visitante; que en pocos días empezará un período de silencio de tres meses, en los que no pronunciará ninguna palabra, para vaciar de ruido su mente... Nosotros le hablamos de nuestra vida, ¡y nos parece tan ridícula, tan sin sentido!... Él nos escucha, y nos aconseja, no hacer, ni dejar de hacer, sino meditar para encontrarnos y comprendernos, y, sólo entonces, verdaderamente encontrar y comprender a los demás.

A sus setenta y muchos años (una edad avanzadísima en la India), es un hombre increíblemente alto, derecho y flexible como un junco, con una recia melena plateada y una sonrisa chispeante y contagiosa en la que relucen, blancos, todos sus dientes.

Cuando nos despedimos, se cubre para la fotografía con dos trozos de tela que tenía colgados en un árbol. Toma apenas dos piezas de la bolsa de mangos y bananas que le traíamos como obsequio, y nos devuelve el resto. Desde la entrada de su morabito, nos parece el hombre más digno y más feliz que hemos visto en nuestra vida... Il Poverello, en su Porciuncola.

1 Comments:

Anonymous mamá said...

Me he vuelto a emocionar al leerte, hoy, espero que el resto de mi vida, la ¿paz? que nos transmitió swami gi me siga ayudando. Yo no se lo que pasó en aquella cabaña, o no se describirlo en mi pobre idioma racional, se que algo sucedió en mi espíritu y continúa. Algo precioso, un tesoro, que ruego encarecidamente a quien corresponda,me sea permitido conservar en el tiempo que se me haya concedido por estos lares terrenales.De vez en cuando, swami aparece en mi pensamiento y me hace esbozar una sonrisa, así como de medio lado, como sin querer, y me digo: todo va bien, todo mejorará.Hasta en mis jodidas jaquecas me mantengo algo más en calma.M sorprendo a mí misma conservando esa extraña, para mis geniales, calma en situaciones que me habrían hecho expulsar fuegos artificiales con traca final. Vete tú a saber, lo mismo nos vino Dios a ver. Y lo digo en sentido literal.

octubre 22, 2006  

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